MAMIFEROS



El desarrollo de las especies vertebradas y mamíferas hace más de 200 millones de años fue un gran progreso en la evolución y en ellas están nuestras raíces evolutivas.
En la base de estas mejoras evolutivas están la capacidad de regular en forma eficiente la temperatura corporal, independiente de amplias variaciones ambientales. El desarrollo de la placenta que permite un mejor desarrollo embrionario durante la gestación es otro factor que demostró indudables ventajas evolutivas.
Sin duda que un avance de capital importancia lo constituyó la especialización de glándulas cutáneas en la constitución de las mamas dedicadas a la producción de sustancias nutritivas y facilitadoras del crecimiento para la cría. De esta forma una vez fuera del útero materno mantenía un estrecho vínculo con la madre lo que le permitía recibir los mejores nutrientes para continuar creciendo y facilitar su adaptación al medio externo. Así el período neonatal de la especie se constituye en un verdadero período de gestación extra uterina. Este hecho queda muy manifiesto cuando revisamos la gestación del ornitorrinco, verdadero fósil viviente , y de los marsupiales.
En los mamíferos más avanzados las crías nacen vivas y con grados variables de inmadurez. En algunas especies poco después de nacer el hijo puede ponerse de pie y seguir a su madre, por ejemplo los caballos. Otros en cambio pasan un tiempo más o menos prolongado dependiendo absolutamente de sus padres, en particular de la madre. El neonato humano es particularmente desvalido al nacer.
Esto, si bien puede considerarse una situación potencialmente desfavorable, en realidad ha sido fundamental en permitir un mejor y mayor desarrollo. De este modo se logra mantener por más tiempo la plasticidad del sistema nervioso central lo que facilita la adquisición de nuevas habilidades en respuesta a interacciones con el medio, facilitando un proceso de enseñanza y aprendizaje tanto individual como de la especie en su conjunto.
Por otra parte esta dependencia inicial casi absoluta posibilita la existencia de emociones y conductas de protección y colaboración cuyo objetivo final es la preservación de la especie, las que se evidencian en el cuidado del recién nacido. Sin duda que estas conductas son características de muchas especies pero precisamente su riqueza y amplitud prácticamente definen al ser humano, marcando la capacidad de dar y recibir amor que lo acompañará toda la vida.


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